Hay una manera fácil de leer 1984: como profecía. Un escritor genial que vio el futuro a décadas de distancia y lo hizo todo bien. Es una lectura cómoda, porque devuelve el horror del libro a una época que aún no ha llegado. Pero no fue así como nació el libro. George Orwell no construyó Oceanía mirando hacia el futuro. Miró hacia un lado.
Una advertencia escrita en 1948
Orwell escribió 1984 en 1948 e invirtió los dos últimos números del año en el que vivió para nombrar el libro. No fue un truco de futurología, fue casi una declaración: lo que vino después ya estaba plantado en su presente. Había visto de cerca lo que el fascismo y el comunismo le hicieron a Europa en el siglo XX, los regímenes de Stalin y Hitler, que prometieron un futuro mejor mientras aplastaban la libertad de millones de personas. Fue este material real, no pura imaginación, el que reorganizó para construir Oceanía.
Ante él, la isla perfecta de Tomás Moro
Para comprender lo que hizo Orwell, es útil recordar quién estuvo antes. Tomás Moro había imaginado una utopía, una sociedad perfecta donde todo funciona en armonía, un ideal con el que muchos todavía sueñan. Orwell fue más allá: dio la vuelta a la situación. Mostró lo que sucede cuando el sueño de una sociedad perfecta se convierte en la peor de las pesadillas, donde hay orden, sí, pero no hay libertad, donde hay paz, pero sólo para quienes no se atreven a pensar.
Orden sin libertad: las capas de Oceanía
En Oceanía, el Estado, representado por el enigmático Gran Hermano, controla los alimentos que comes, la ropa que vistes, lo que lees y lo que piensas. No hay lugar para la duda, porque la duda es traición. La sociedad está organizada en capas de poder: el partido interno, la élite dominante, pocas pero con control absoluto; el externo, los burócratas que obedecen sin cuestionar; y los proletarios, la mayoría ignorantes, manipulados, incapaces de entender lo que está pasando. Es un diseño de orden casi geométrico, y es precisamente por eso que funciona exactamente como lo opuesto a la isla de Moro.
No predijo el futuro, lo reconoció.
Lo que queda de la promesa utópica
El detalle más incómodo de 1984 no es la vigilancia o la violencia, sino hasta qué punto Oceanía aún porta, deformado, el vocabulario de la utopía misma. Hablamos de paz, seguridad, bien común, las mismas palabras que sustentaron el sueño de Moro. Orwell no dice que la utopía sea imposible; advierte que cualquier promesa de una sociedad perfecta, sin vigilancia y sin libertad individual para estar en desacuerdo con ella, tiene un camino conocido por delante.
Lo que queda
Si Orwell escribió sobre lo que ya había visto, la pregunta que deja 1984 no es "¿sucederá esto?". Es otra: cuando el encargo promete solucionarlo todo a cambio de un poco de libertad, ¿reconoces el diseño o sólo lo notas cuando está listo?
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Ver lecturas recomendadasPreguntas frecuentes
¿Orwell predijo el futuro en 1984?
No, según la lectura que sustenta el libro, reconoció el presente que ya vivía. Escribió en 1948, después de ver de cerca lo que los regímenes de Stalin y Hitler hicieron con la libertad de millones de personas en Europa, y reordenó estos fragmentos reales para construir Oceanía.
¿Cuál es la relación entre 1984 y la utopía de Tomás Moro?
Tomás Moro imaginó una sociedad perfecta, en armonía, un ideal con el que todavía hoy se sueña. Orwell le dio la vuelta a este juego: mostró lo que sucede cuando el mismo sueño de perfección se convierte en la peor pesadilla, con orden pero sin libertad.
¿Cómo está organizado el poder en Oceanía, el país de 1984?
En tres capas: el partido interno, una pequeña élite con control absoluto; el externo, burócratas que obedecen sin rechistar; y los proletarios, la mayoría manipulados y ajenos a lo que pasa. Es este diseño el que mantiene el control sobre la comida, la ropa, la lectura e incluso los pensamientos de los ciudadanos.
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