Hablar parece la parte difícil de una conversación, y escuchar, la fácil: te quedas callado y el resto viene solo. Plutarco, en el tratado Cómo escuchar, invierte esta intuición. Para él, escuchar bien es el trabajo de la mente más activo y difícil, incluso más que hablar.
La razón está en el lado de la oreja.
Plutarco cita a Teofrasto para justificar esta inversión: de todos los sentidos, el oído es el más vinculado a la razón y el menos vinculado a las pasiones. Los ojos, cualquier brillo seduce. El oído, bien entrenado, filtra, pesa, juzga antes de aceptar. Por eso recoge el proverbio: "la naturaleza ha dado a cada uno dos oídos y una lengua, para que hablemos menos y escuchemos más": el cuerpo ya está diseñado para una tarea mayor de escuchar que de hablar.
Hablar, en el fondo, simplemente requiere poner en palabras lo que la mente ya ha creado. Escuchar bien requiere seguir, en tiempo real, el razonamiento de otra persona, sin dejarse llevar por las propias reacciones.
Tres reacciones que compiten por la atención
Y ahí es donde reside la verdadera dificultad. Escuchar bien significa superar tres reacciones automáticas, todas ellas internas. El primero es el ego: en lugar de seguir el argumento hasta el final, la mente ya está construyendo la respuesta y deja de escuchar prematuramente. La segunda es la envidia, que Plutarco describe sin rodeos: quien se siente ofendido por un buen discurso, en secreto espera que sea débil. La tercera es la admiración excesiva, que parece lo contrario de un defecto, pero se deja seducir por la forma y deja pasar un contenido vacío.
Hablar no requiere superar ninguna de estas tres fuerzas. Escuchar bien requiere conquistar los tres al mismo tiempo y seguir lo que se dice.
Vaso que recibe, leña que arde
Plutarco resume esta diferencia en una imagen final. La mente que sólo recibe es un recipiente, que permanece lleno y pasivo. La mente que verdaderamente escucha es la madera, que se prende fuego y arde por sí sola, produciendo "un impulso inventivo y un apetito por la verdad". Hablar llena el recipiente del oyente. Escuchar bien es lo que prende fuego a la leña, y por eso, para Plutarco, es el mayor esfuerzo de ambos.
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Ver lecturas recomendadasPreguntas frecuentes
¿Por qué escuchar es más difícil que hablar?
Porque hablar deja la mente ocupada sólo con lo que ya sabe, mientras que escuchar bien requiere resistir el ego, la envidia y la fácil admiración, tres reacciones automáticas que dificultan la comprensión de lo que dice la otra persona. Plutarco llama a esto el trabajo más activo de la mente.
¿Qué dijo Teofrasto sobre la audiencia?
Según Plutarco, Teofrasto sostenía que el oído es el sentido más ligado a la razón y el menos ligado a las pasiones, a diferencia de la visión, a la que cualquier brillo seduce. Por eso la virtud sólo llega al alma a través de un oído bien entrenado.
¿Qué reacciones internas dificultan la escucha?
Tres, según Plutarco, el ego, que ya está armando la respuesta en lugar de escuchar todo el argumento, la envidia, que espera que la buena palabra del otro sea débil, y la admiración excesiva, que se entrega a la bella voz sin examinar el contenido.
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Clase fuente (YouTube): Como Ouvir, de Plutarco (NousCast)