Lo que Agustín no encontró en los libros de los platónicos

Clase de origen: Platão e o Mundo das Ideias: você já sabe o que ninguém te ensinou

Un griego del siglo IV antes de Cristo llegó solo, por puro razonamiento, a un principio que está más allá del propio ser, y llamó a ese principio el Bien. Casi ochocientos años después, otro hombre, también solo en un primer momento, leyó eso mismo en latín e hizo la pregunta que queda pendiente: si él llegó tan cerca solo, ¿qué faltaba? Quien respondió mejor esa pregunta fue Agustín, y su respuesta empieza admitiendo cuánto había acertado Platón.

Los libros que leyó no eran de Platón

Vale corregir de entrada un error común. Agustín no leyó a Platón. En las Confesiones, libro VII, cuenta que, antes de convertirse, leyó "algunos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín". La identificación de esos libros es conocida: son obras de Plotino y, para parte de la tradición, también de Porfirio, en la traducción latina de Mario Victorino, el mismo Victorino cuya propia conversión Agustín registra unas páginas antes. Los lee en Milán, todavía profesor de retórica, todavía dividido, antes de la escena del jardín que lo decide todo.

La distinción importa porque cambia lo que significa la historia. No es el caso de un hombre que abre el texto de Platón y lo entiende solo. Es el caso de un hombre que llega al mismo principio al que Platón había llegado, ochocientos años antes, por un camino platónico, pero indirecto: a través de discípulos que ya habían heredado, discutido y refinado aquel Bien más allá del ser.

Vale recordar quién era Agustín en ese momento, porque eso también es parte del argumento. No llega a los platónicos como un hombre tranquilo en busca de cultura general. Llega como profesor de retórica en Milán, después de años intentando encontrar una respuesta que le sirviera: primero en el maniqueísmo, que ya había abandonado por no sostenerse, después en una especie de escepticismo que tampoco bastaba. Es en ese estado, insatisfecho con todo lo que ya había intentado, que alguien le entrega esos libros traducidos por Victorino, y algo distinto sucede.

Lo que encontró allí, sin abrir la Biblia

Y lo que encuentra en esos libros es, según cuenta él mismo, impresionante. Cuenta que allí leyó, no con estas mismas palabras, pero sostenido por muchos y variados argumentos, que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Es la misma apertura del Evangelio de Juan, la que abrió todo este módulo sobre filosofía griega.

Fíjate en el tamaño de esto. Un filósofo pagano, leyendo a otro filósofo pagano, sin ninguna Escritura en la mano, llega al mismo principio que abre el Evangelio de Juan: un Verbo, una Razón original, que está junto a Dios y que sostiene todo lo que existe. Si seguiste el artículo sobre la analogía del sol, es el mismo Bien, más allá del ser, al que Platón había llegado a remo, siglos antes, sin ninguna revelación.

Lo que faltaba, y lo dice con todas las letras

Pero Agustín no se queda solo en lo que encontró. Registra, con la misma precisión, lo que no encontró. Y aquí es donde la comparación se convierte en el argumento entero del capítulo: leyó, en ese mismo lugar, que el Verbo no nació de la carne, ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. Pero, según cuenta, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, eso no lo leyó allí (Confesiones VII, 9, 13-14).

Esa es la línea exacta, y es fina. No es un fallo de argumento ni un peldaño que faltara subir. Es un orden de cosa distinto. Platón, y después los platónicos que leyó Agustín, lograron deducir que existe un principio por encima de todo, del cual todo depende. Eso es trabajo de razonamiento, el mismo remo que sostuvo toda la segunda navegación de Platón. Lo que ninguno de ellos podía deducir, por más rigor que aplicaran, es que ese principio decidiera descender, tomar cuerpo, ganar rostro, nombre y dirección. Eso no se deduce. O alguien cuenta que sucedió, o nadie lo sabe.

Quizás tú también hayas vivido una versión pequeña de esa misma distancia. Existen verdades que se alcanzan pensando, con tiempo y atención, y existen cosas que solo se saben porque alguien las contó, porque le sucedieron a alguien y llegaron hasta ti por relato. Nadie deduce que fue amado; alguien tiene que decirlo, o mostrarlo. Esa es, más o menos, la frontera que Agustín encuentra al final de esos libros: un principio entero deducido con rigor, y un acontecimiento que solo se sabe porque alguien lo contó.

Quien sube y cuenta, y quien baja a propósito

Hay todavía una segunda diferencia, y tiene que ver con el precio de haber llegado hasta allí. En Platón, quien sube hasta el límite del Bien y vuelve para contarlo a los demás corre el mismo riesgo que corrió su propio maestro, Sócrates: la ciudad no perdona a quien vio demasiado. Sube, ve, vuelve, y muere por eso. El cristianismo invierte todo ese movimiento. No es alguien que sube y es castigado por contar lo que vio. Es el propio principio, el propio Bien, el que baja, a propósito, sabiendo exactamente qué le iba a pasar por bajar.

Por eso la respuesta de Agustín no es "Platón se equivocó". Es más interesante que eso: Platón llegó hasta donde el razonamiento humano puede llegar solo, y llegó lejos, a remo, sin ninguna ayuda. Lo que faltaba es exactamente el punto que ningún razonamiento alcanza, porque no es una conclusión que se saque de premisas, es un acontecimiento que tiene que contarlo alguien que estuvo allí. Contar con precisión esa frontera entre los dos, el Verbo que abre el Evangelio de Juan y el Verbo hecho carne, es lo que sostiene buena parte de la teología cristiana que viene después de Agustín, y es también el motivo por el que las Confesiones siguen siendo leídas por quien nunca pensó en leer un libro de teología.

Lo que queda de esta comparación

No hace falta elegir entre admirar a Platón y tomar en serio lo que Agustín vio de distinto. Las dos cosas caben juntas, y eso es justo lo que enseña la propia historia: un hombre puede llegar muy lejos pensando solo, con rigor y atención, y aun así faltarle algo que ninguna cantidad extra de razonamiento le habría dado. Agustín no desprecia el camino que recorrió antes de convertirse. Reconoce que ese camino lo dejó a un paso, y cuenta con exactitud cuál era ese paso.

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Preguntas frecuentes

¿Leyó Agustín a Platón directamente?

No. En las Confesiones, libro VII, cuenta que, antes de convertirse, leyó "algunos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín". Esos libros se identifican como obras de Plotino, y para parte de la tradición también de Porfirio, en la traducción latina de Mario Victorino. Agustín los leyó en Milán, antes de convertirse.

¿Qué encontró Agustín en los libros de los platónicos?

Cuenta haber encontrado allí, con otras palabras, pero sostenido por muchos argumentos, lo que dice el Evangelio de Juan al comienzo: que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios. Llegó a ese principio sin haber abierto la Biblia.

¿Qué no encontró Agustín en los libros de los platónicos?

Dice, con todas las letras, que no encontró allí que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Los platónicos llegan al principio; ninguno de ellos dice que ese principio descendiera, tomara cuerpo y viviera entre los hombres.

¿Por qué Platón no podía llegar solo a la Encarnación?

Porque es una cuestión de método, no de talento. Platón llegó al Bien por razonamiento, a remo, examinando argumentos. Pero que ese principio decidiera descender y tomar rostro es del orden del acontecimiento, no de la deducción: o alguien cuenta que sucedió, o nadie lo sabe.

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Clase de origen: F&T 2.4, Platão I: o Mundo das Ideias e a busca pela transcendência