Conoces la palabra que convence en treinta segundos y desaparece de la cabeza al día siguiente: el discurso bien armado, la frase que cierra la discusión, el argumento que parecía excelente y del que no logras repetir nada. Platón también la conocía, y dedicó a la diferencia entre ella y la palabra que lleva a alguien a algún lugar buena parte de la segunda mitad del Fedro. Su pregunta es más exigente que "cómo hablar bien": es a qué sirve la palabra.
Un texto muy bien escrito
El problema aparece ya en la primera escena del libro. Fedro trae en la mano un discurso de Lisias, uno de los oradores más famosos de Atenas, y la tesis es provocadora: sería mejor entregarse a quien no te ama que a quien te ama, porque el enamorado es celoso y pierde la cabeza, y el otro es tranquilo, práctico y confiable. Es un texto muy bien escrito. Y es justamente ahí, dice la clase de origen de este artículo, donde está el problema que atraviesa todo el libro: la forma es impecable y la tesis no se sostiene.
Guárdalo en la memoria, porque el resto de la discusión trata de cómo reconocer un discurso así.
El libro que parece cambiar de tema
En la mitad del diálogo, el asunto parece cambiar. Sócrates y Fedro dejan el amor y pasan a discutir qué es hablar bien, qué hace bueno a un discurso y qué es la retórica. Mucha gente pensó, por eso, que el Fedro estaba mal cosido. No lo está, y Sócrates da la clave en una frase: la retórica, dice él, es un arte de conducir almas por medio de palabras (Fedro, 261a).
Conducir almas es exactamente lo que hacía la belleza en la primera mitad. El amor conduce por la belleza, el discurso conduce por la palabra, y tanto uno como otro pueden llevar hacia la verdad o hacia el engaño. Si quieres ver la primera mitad por ese camino, está en Qué decía Platón de la belleza: el escalofrío es memoria.
Psicagogía: la palabra que conduce
El nombre griego de eso es psychagōgía, de psykhḗ, alma, y agōgḗ, conducción. Es una palabra técnica y poco común, pero la idea es simple: hablar es mover a alguien, y quien habla elige hacia dónde. Eso cambia lo que significa hablar bien. Un discurso no es bueno por ser elegante, ni por vencer. Es bueno según el lugar al que lleva.
Fíjate en la simetría. Un discurso puede llevar a alguien hacia arriba, hacia lo verdadero, o llevarlo hacia donde solo conviene a quien habla. El mismo arte sirve a un destino o al otro, y por eso la pregunta que da título a este artículo es suya, y no una provocación nuestra.
La retórica de los manuales, y lo probable
La retórica que critica Sócrates es la de los manuales de su tiempo, y resume lo que enseñaban esos maestros de retórica: "Descubrieron que lo probable debe ser respetado más que lo verdadero" (Fedro, 267a). El texto nombra a Tisias y a Gorgias como los maestros a los que se refiere.
Probable, aquí, quiere decir lo que parece verdad para la multitud. El propio Sócrates lo define así, preguntando si lo que Tisias considera verosímil no es "lo que parece tal a la multitud" (Fedro, 273b). Es la palabra que no necesita saber qué es justo. Solo necesita saber qué convence. Lisias, con su discurso bien escrito, era exactamente eso: belleza de forma al servicio de una tesis que no se sostiene.
Ese es el punto en que Platón se encuentra, desde lados opuestos, con otros dos artículos nuestros. En El discurso de Marco Antonio: retórica contra lógica, el pueblo romano cambia de bando en pocos minutos, conducido por quien toca la emoción de quien escucha, y Shakespeare muestra cuánto rinde eso. En El arte de tener razón, de Schopenhauer: resumen y análisis, los trucos están catalogados, 38 de ellos, para que el lector los reconozca. Lo que Platón añade a esas dos escenas es una pregunta que ellas dejan de lado: vencer es una cosa, llevar a algún lugar es otra.
Lo que exige la palabra que conduce
Sócrates no se queda solo en la crítica. Dice qué pide de quien habla una palabra que de verdad conduce, y la lista viene en orden.
Primero, conocer la verdad sobre aquello de lo que se habla. Segundo, conocer el alma de quien escucha, porque hay almas de muchos tipos (Fedro, 271c-272b). Tercero, ajustar el discurso a esa alma, y aquí llega la salvedad que separa a Platón del manipulador: no para manipularla, sino para llevarla hasta la verdad.
Puedes leer estas exigencias desde este lado. Cuando alguien te habla, la lista se convierte en preguntas: ¿esa persona sabe de qué está hablando? ¿Me habla a mí, o a una multitud genérica? El ajuste que hace, ¿me lleva a algún lugar, o solo a estar de acuerdo? Es una lectura nuestra, no de Platón, pero sale directamente de sus tres exigencias.
Reunir y dividir: el buen trinchador
Para llegar a la verdad, Sócrates describe el método que llama dialéctica. Es un movimiento doble. Primero, reunir bajo una sola idea lo que está disperso, para saber de qué se está hablando. Después, dividir esa idea en sus partes, siguiendo las articulaciones naturales (Fedro, 265d-266b).
Y da una imagen de cocina. Dividir como lo hace el buen trinchador, que corta la carne por las juntas, y no como el malo, que rompe los huesos en el medio (Fedro, 265e). El primer movimiento evita hablar de algo sin saber qué es. El segundo evita el corte a la fuerza, el de quien rompe el hueso en el medio.
Fíjate en que esto no es una regla de oratoria. Es una ética de la palabra. Hablar bien empieza por respetar la forma que tienen las cosas, y eso vale antes de cualquier pregunta sobre cómo sonar convincente. Un discurso como el de Lisias puede estar muy bien escrito sin respetar nada de eso.
La diferencia que queda
La retórica, para Platón, no es entonces un mal, y tampoco es una técnica neutra que sirve a cualquier fin. Es una responsabilidad. La palabra que solo convence es la que prescinde de lo verdadero. La que conduce lo exige, y exige también que quien habla mire a quien escucha.
Un último punto, que cierra el círculo con la apertura del libro: Sócrates pronunció su primer discurso con el rostro cubierto. El discurso verdadero, con el rostro descubierto. Uno habla para vencer, el otro habla porque es verdad.
Una advertencia sobre los pasajes: las indicaciones entre paréntesis son la numeración de Stephanus, que ubica cada tramo del Fedro en cualquier edición que tengas a mano, y las palabras varían de una traducción a otra. Para ver la obra entera, empieza por Fedro, de Platón: resumen y cómo leerlo, y para lo que Platón pensaba de la escritura, que es el otro tema de la segunda mitad, Mito de Theuth: por qué Platón desconfiaba de la escritura.
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¿Qué pensaba Platón de la retórica?
En el Fedro, Platón no condena la retórica en bloque. Sócrates define la retórica como un arte de conducir almas por medio de palabras (Fedro, 261a) y critica la de los manuales de su tiempo, que enseñaban a respetar más lo probable que lo verdadero. Lo que pide es una retórica que parta del conocimiento de la verdad y del alma de quien escucha.
¿Qué es la psicagogía?
Es, en griego, la conducción de almas: psykhḗ, alma, más agōgḗ, conducción. En el Fedro es la palabra que Sócrates usa para definir la retórica (261a). La clase de origen la vincula con la primera mitad del libro: la belleza conduce un alma por lo que ve, el discurso conduce por lo que oye, y ambas conducciones pueden llevar a la verdad o al engaño.
¿Cuál es la diferencia entre convencer y conducir, para Platón?
Para convencer basta con que la palabra parezca verdadera a quien escucha, aunque no lo sea. Conducir exige que quien habla conozca la verdad del asunto, conozca el alma de quien escucha y ajuste el discurso a ella, no para manipularla, sino para llevarla hasta la verdad.
¿Qué quiso decir Platón con el buen trinchador?
Es la imagen que Sócrates usa para el método de dividir: el buen trinchador corta la carne por las juntas, y el malo rompe los huesos en el medio (Fedro, 265e). Dividir bien es respetar la forma que tienen las cosas, y por eso Platón trata el método como una ética de la palabra, no como una regla de oratoria.
Continúa: Fedro, de Platón: resumen y cómo leerlo · Qué decía Platón de la belleza: el escalofrío es memoria · Mito de Theuth: por qué Platón desconfiaba de la escritura · Museos Vaticano y Caravaggio
Clase de origen: Fedro, de Platão