Piensa en alguien que acierta el camino hacia una ciudad donde nunca ha estado. Llega al lugar correcto. Pero si le preguntas por qué es por ahí, no sabe responder, y en la siguiente bifurcación, se equivoca. Así explicó el profesor Rodrigo Bitencourt, en la clase, la distinción más usada y peor explicada de Platón: la diferencia entre dóxa y episteme no es quién acierta. Es quién tiene suelo firme bajo los pies.
La imagen cambia cuál debería ser la siguiente pregunta. No es "¿esto es correcto?", que las dos personas del ejemplo responden igual, con el mismo resultado. Es "¿esta persona sabe por qué es correcto, o solo llegó ahí por costumbre?", que solo una de las dos puede responder.
Dos personas, la misma dirección correcta
La mayoría de las explicaciones ya hechas sobre dóxa y episteme se quedan en la traducción literal, opinión de un lado, ciencia del otro, y ahí se detienen, como si bastara con cambiar dos palabras griegas por dos palabras en español. Pero la distinción solo cobra sentido cuando ves a las dos personas una junto a la otra, llegando al mismo destino por caminos distintos.
La primera persona acertó por costumbre, por suerte, por haberlo oído de alguien que sabía. Tiene el resultado correcto, y detrás de él ninguna razón que se sostenga. La segunda sabe por qué es ese el camino: sabe qué hay a cada lado de cada esquina, y por eso, si la calle está cerrada, encuentra otra ruta sin perderse. Las dos llegaron, pero solo una de ellas sabía lo que estaba haciendo mientras llegaba.
Desde fuera, nadie nota la diferencia. Las dos dan la misma indicación, con la misma seguridad en la voz, y solo un imprevisto en medio del camino revela cuál de las dos entendía de verdad la ruta.
Una vez visto esto, el ejemplo deja de ser sobre tráfico y pasa a ser sobre cualquier afirmación que hayas hecho alguna vez con seguridad sin saber explicar por qué. Alguien que repite una frase ingeniosa que oyó de un autor serio, sin haber leído al autor, está en la posición de la primera persona. Puede tener razón, puede incluso convencer a quien escucha, y aun así no tener nada que responder si la siguiente pregunta llega torcida.
Dóxa no es una palabra de desprecio
Antes de seguir, vale la pena deshacer un malentendido común: dóxa, opinión, no es sinónimo de error en Platón, ni de superficialidad. Es simplemente el nombre del nivel de conocimiento que corresponde a lo que cambia, a lo que se percibe por los sentidos, y una opinión formada con cuidado puede acertar casi siempre. Una opinión puede ser correcta. El acierto nunca fue el problema.
Dóxa corresponde a lo que cambia, a lo que pasa, a lo que ves y tocas, el nivel de realidad más inestable, y por eso el más frágil de sostener. Puedes tener una opinión correcta sobre ese nivel, y aun así no saber explicar por qué es correcta. Es exactamente el caso de la persona que acierta el camino sin haber estado nunca ahí: una opinión verdadera acierta, pero no se sostiene.
Episteme: saber que se sabe por qué
Del otro lado está la episteme, el concepto clásico de ciencia: conocimiento cierto por sus causas. No es solo saber que algo es así, es saber por qué es así, y por eso poder responder cuando la pregunta cambia de ángulo. Platón desarrolla esta distinción entre los dos niveles de acceso a la realidad en la República, en el libro V, vinculando cada nivel de conocimiento a un nivel correspondiente de realidad: a lo que cambia, la opinión; a lo que permanece, la ciencia.
Fíjate en que esta es una distinción sobre estructura, no sobre inteligencia. No es que quien tiene dóxa sea menos capaz que quien tiene episteme. Es que una opinión, incluso bien formada, se apoya en lo que cambia, y por eso tambalea cuando el suelo se mueve. La ciencia, en el sentido antiguo de la palabra, se apoya en lo que permanece, y por eso no pierde pie cuando las circunstancias alrededor son otras.
Quien tiene episteme responde en la bifurcación. No porque memorizó todo el mapa, sino porque entiende el principio que generó ese camino específico, y por eso puede recalcular cuando cambia el escenario. Ese es exactamente el motivo por el que la diferencia entre opinar y saber, según el propio argumento, no es el acierto. Es el suelo.
Cada quien tiene su opinión, y eso está muy bien
Esta distinción tiene una utilidad que va mucho más allá del aula. La próxima vez que alguien te diga que cada quien tiene su verdad, existe una respuesta clara, y no tiene que sonar como una corrección arrogante: cada quien tiene su opinión, y eso está muy bien, forma parte de cómo cualquier persona atraviesa el día sin tener que verificarlo todo antes de actuar. La verdad es otra cosa. Es lo que no cambia con las circunstancias, ni con el humor de quien está mirando.
Esa frase, "cada quien tiene su verdad", tiene una fragilidad lógica que Nous ya trató en otro artículo, sobre qué es el relativismo, que vale la pena leer para la refutación completa. El ángulo aquí es otro: incluso sin caer en ninguna contradicción, la frase confunde dos niveles de acceso a la realidad que Platón ya había separado con precisión, veinticuatro siglos antes.
El argumento de Platón no te pide que abandones tus opiniones, ni que te avergüences de haber llegado a un lugar correcto sin saber exactamente por qué. Todo el mundo vive de opiniones razonables la mayor parte del tiempo, y la mayoría de ellas nunca necesita ponerse a prueba hasta la raíz. Solo te pide que sepas distinguir las dos cosas, y que reconozcas en qué terreno estás parado antes de defender una posición como si fuera inquebrantable.
Lo que cambia cuando sabes en cuál de los dos estás
Esta distinción rinde más fuera del aula, justo donde la mayoría de las personas mezclan los dos niveles sin darse cuenta. Una noticia repetida sin comprobar, una cita de un autor que nadie leyó, un consejo de vida que se repite porque "todo el mundo lo dice": todo eso puede incluso ser correcto, y aun así ser pura dóxa, sin ningún suelo debajo. Saber nombrar la diferencia no sirve para descalificar a quien opina, sirve para que tú mismo sepas cuándo puedes afirmar con la fuerza de quien entiende, y cuándo solo estás repitiendo una dirección correcta sin saber por qué es por ahí.
Es esa diferencia, entre acertar y sostener, la que el profesor Rodrigo Bitencourt desarrolla en la clase de origen de este artículo, junto con el resto del argumento de Platón sobre lo que es más real.
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¿Qué son doxa y episteme en Platón?
Dóxa es opinión: el acceso a lo que cambia, a lo que se ve y se toca. Episteme es el concepto clásico de ciencia, el conocimiento cierto por sus causas, saber que se sabe por qué. Platón vincula cada uno a un nivel distinto de realidad, en la República, libro V.
¿Cuál es la diferencia entre opinión y conocimiento para Platón?
No es el acierto. Una opinión puede ser correcta y aun así ser dóxa. La diferencia está en el suelo que sostiene la afirmación: quien tiene episteme sabe explicar por qué la cosa es así, y por eso sigue acertando aunque cambie la situación. Quien solo tiene dóxa acierta por suerte o por costumbre, y falla en cuanto el camino se bifurca.
¿Es dóxa una palabra negativa en Platón?
No. Dóxa no es sinónimo de error ni de ignorancia, es opinión, y la opinión puede ser correcta. El problema que señala Platón no es el contenido de la dóxa, es la falta de fundamento detrás de ella.
¿"Cada quien tiene su verdad" es compatible con Platón?
No del modo en que suele usarse la frase. Para Platón, cada quien puede tener su opinión, y eso es normal, incluso saludable. La verdad es otra cosa: es lo que no cambia según quién esté mirando ni según las circunstancias del momento.
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Clase de origen: F&T 2.4 - Platão I: o Mundo das Ideias e a busca pela transcendência