El daimonion de Sócrates nunca ordenaba, solo frenaba

Clase de origen: Sócrates e o conhece-te a ti mesmo: autoconhecimento, virtude e maiêutica

Sócrates decía haber oído, desde niño, una señal interior que llamaba divina. Casi cada vez que se cuenta esta historia, sale mal, porque el sentido común imagina una especie de voz que le decía qué hacer. Era lo contrario: la señal nunca ordenaba nada. Solo detenía.

Lo que Sócrates decía en realidad sobre la señal

En la Apología, ante el tribunal que lo juzgaba, Sócrates describe con precisión la señal que dice acompañarlo desde la infancia:

"Oigo una voz, y cada vez que ocurre me aparta de lo que estoy a punto de hacer, pero nunca me lleva a actuar." Platón, Apología de Sócrates.

Fíjate en el verbo que usa dos veces: apartar, nunca llevar. No es una brújula que señala un camino, es un freno que actúa antes de la curva equivocada. Es a esa voz a la que los griegos llamaban daimonion, diminutivo de daimon, y que la tradición posterior bautizó como el daimonion de Sócrates.

Un freno, no una inspiración

La diferencia entre freno e inspiración parece pequeña, pero cambia todo el retrato del personaje. Una voz que inspira haría de Sócrates una especie de médium, alguien que recibe contenido positivo desde fuera y lo transmite. Una voz que solo detiene lo convierte en otra cosa, un hombre que sigue siendo responsable de elegir qué hacer, y que recibe, en contadas ocasiones, un aviso de que un camino concreto está equivocado.

Por eso el daimonion no sustituye el examen que Sócrates hacía con su propia razón. Actúa solo en los casos en que la razón, por sí sola, todavía no había visto el error a tiempo, y aun así no le dice qué hacer en su lugar: solo cierra la puerta de un camino concreto, dejando a Sócrates la tarea de encontrar otro.

Por qué pesó en el juicio

El daimonion no es una curiosidad secundaria en la biografía de Sócrates. Entra de lleno en la acusación que lo llevó a la muerte, en 399 antes de Cristo: no creer en los dioses de la ciudad e introducir divinidades nuevas. Una señal personal, que solo él oía y que respondía por decisiones importantes de su propia vida, sonaba a una autoridad religiosa privada, en competencia con el culto público que Atenas reconocía. A la acusación no le importaba que la señal jamás ordenara nada: bastaba con que existiera fuera del control de la ciudad.

Hay aquí una ironía que vale la pena señalar. El mismo rasgo que hoy convierte a Sócrates en una figura de conciencia moral, alguien que escucha por dentro un límite que no negocia con la presión externa, fue leído por Atenas como el síntoma exacto del peligro que representaba. Una ciudad organizada en torno al culto público tenía poco espacio para un ciudadano que respondía, aunque fuera en parte, a una señal que solo él podía verificar.

Lo que queda después de corregir la historia

Quitada la exageración de la voz que aconseja, queda un Sócrates más interesante que el de la leyenda suelta: un hombre que confiaba en su propia razón para decidir qué hacer, y reservaba a una señal rara y solo negativa la función de detenerlo ante el error que la razón, por sí sola, todavía no había visto. Es un tipo específico de humildad, la de admitir que la conciencia tiene un límite, sin por eso delegar la decisión fuera de sí mismo.

Este daimonion aparece de pasada en una clase sobre un tema mayor, el método que Sócrates inventó para examinar su propia vida y la de los demás, y que la propia señal ayuda a explicar: si la razón de Sócrates hubiera bastado siempre por sí sola, no habría motivo para que existiera un freno adicional. Para ver el cuadro completo, vale la pena ver la clase de la que nace este artículo.

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Preguntas frecuentes

¿Qué es el daimonion de Sócrates?

Es el nombre que Sócrates daba a una señal interior que decía oír desde niño, en griego daimonion. No era una voz que le ordenaba hacer algo: solo lo detenía, frenándolo ante ciertas acciones antes de que las tomara.

¿El daimonion de Sócrates le ordenaba hacer cosas?

No, y ese es el punto que más se cuenta mal sobre él. En la Apología, Sócrates es explícito: la voz lo apartaba de lo que estaba por hacer, pero nunca lo llevaba a actuar. Era un freno, nunca un impulso.

¿Por qué el daimonion entró en el juicio de Sócrates?

Porque una de las acusaciones contra él era introducir divinidades nuevas en la ciudad. Una señal divina personal, que solo él oía y que la ciudad no reconocía, alimentó la sospecha de que Sócrates respondía a una autoridad religiosa propia, ajena al culto oficial de Atenas.

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