La Ilíada, de Homero, es uno de los libros más famosos sobre la guerra de Troya y casi no habla de la guerra. Habla de la rabia de un único guerrero, Aquiles, y de una pregunta que cualquier persona adulta ha enfrentado en alguna discusión: ¿qué hacer con la rabia que tiene razón? El resumen a continuación sigue el orden en que el poema narra los hechos, y la tesis llega al final, cuando las piezas ya están sobre la mesa.
Lo que la Ilíada no cuenta
Para entender la Ilíada, conviene saber primero qué deja afuera. No relata toda la guerra de Troya, no cuenta el rapto de Helena, no cuenta el caballo de madera que dejaron los griegos, no cuenta la muerte de Aquiles ni el talón de Aquiles. El poema abarca únicamente las últimas semanas del último año de guerra. Esta elección se elogia desde la Antigüedad: Aristóteles, en la Poética, afirma que Homero parece divino en comparación con los demás poetas justamente porque no intentó narrar la guerra entera.
Y lo que narra se anuncia desde la primera palabra. El verso inicial dice mênin áeide: "canta, oh diosa, la cólera". La primera palabra es mênis, ira. El poema no empieza con Troya ni con la guerra: empieza con la rabia. Tampoco trata de un héroe cualquiera, sino de la ira de un guerrero específico, Aquiles.
La peste, la ofensa y la retirada de Aquiles
Cuando el poema comienza, la guerra lleva ya nueve años, y el primer problema de los griegos no proviene de Troya: surge dentro del propio campamento. Agamenón, comandante de los griegos, se queda con la hija de un sacerdote de Apolo como botín de guerra. El padre llega a buscarla ofreciendo un rescate generoso, todo el campamento considera justo devolvérsela, y Agamenón expulsa al anciano entre insultos. Apolo responde enviando una peste, y mueren numerosos guerreros.
Aquiles convoca a la asamblea, y el adivino revela la causa. Agamenón devuelve entonces a la hija del sacerdote, pero exige para sí el botín de Aquiles, una joven llamada Briseida. Nótese que no la necesita: quiere demostrar quién manda, y con ello humilla frente a todos al mayor de los guerreros griegos.
Aquiles desenvaina la espada y ocurre un detalle singular: la diosa Atenea se le aparece solo a él, lo toma por los cabellos y él guarda la espada. Obedece a la diosa y no al rey. Sin embargo, la rabia no desaparece. Aquiles se retira de la guerra y le pide a su madre, la diosa Tetis, que interceda para que los griegos pierdan. Zeus acepta la petición inclinando la cabeza, y el Olimpo se estremece.
Aquí se encuentra el primer nudo de la tesis. La rabia de Aquiles es justa, pues Agamenón cometió un acto de prepotencia y lo humilló sin motivo. Pero lo que pide a cambio es que su propio ejército caiga derrotado. Una causa justa reclama un castigo injusto.
Héctor y Andrómaca: la escena más tierna pertenece a los troyanos
Entra entonces en escena el mayor guerrero de Troya, Héctor, hijo de Príamo y hermano de Paris, quien raptó a Helena. En medio de la batalla regresa a la ciudad y se encuentra con su esposa, Andrómaca, quien le suplica que no vuelva al combate: Aquiles ya mató a su padre y a sus siete hermanos, y Héctor es todo lo que le queda. Héctor sabe que Troya caerá. Lo que más lo aterra no es su propia muerte, sino saber que su esposa terminará como esclava de los griegos.
Extiende los brazos hacia su hijo, quien se asusta ante el penacho de crin de caballo del casco y corre a refugiarse en los brazos de la nodriza. Los padres sonríen, Héctor se quita el casco, abraza al niño y pide a los dioses que algún día se diga que el hijo fue mejor que el padre. Luego regresa a la guerra (Canto VI). Observemos lo que hizo Homero: el poema es griego, cantado para griegos, y la escena más tierna de toda la obra está dedicada a los troyanos. A esta imparcialidad se refiere el crítico Otto Maria Carpeaux cuando señala que Homero es griego, pero no toma partido.
La embajada y los dos destinos de Aquiles
Sin Aquiles, los griegos comienzan a perder terreno. Agamenón hace entonces lo que no había hecho en toda la obra: envía a pedir disculpas y ofrece de todo, oro, joyas, caballos, reinos y a la propia Briseida intacta. Tres caudillos llevan la propuesta y Aquiles lo rechaza todo. Declara, en el Canto IX, que su vida vale más que todas las riquezas que Troya poseía.
Y revela la razón. Tetis le advirtió que tiene dos destinos posibles: o permanece ante Troya, combate y muere con gloria, o regresa a su hogar, vive en paz y cae en el olvido. Anuncia que partirá a la mañana siguiente. Esta palabra, gloria, es el kléos griego: ser nombrado, ser recordado, que su historia sea contada. La gloria, en este contexto, no es brillo: es perdurar.
Comparemos ambas escenas. Héctor vuelve a la guerra a sabiendas de que Troya sucumbirá; Aquiles, sabiendo que morirá si se queda, duda. Es la misma pregunta, cuánto vale una vida, respondida de dos maneras distintas. Si se desea profundizar en este hilo, el artículo Lo que vale una vida: la elección de Aquiles lo examina con detenimiento.
Patroclo: el fuego consume a quien Aquiles más amaba
Desde lo alto de su nave, Aquiles observa las pérdidas griegas y envía a su mejor amigo, Patroclo, a averiguar sobre un herido. Homero, como tantas veces, detiene la narración y anticipa el desenlace: en el Canto XI dice que aquel pedido inocente fue el inicio de la desgracia de Patroclo. Patroclo regresa bañado en lágrimas y le implora a Aquiles que intervenga. Aquiles no regresa, pero le presta su armadura para que los troyanos crean que ha vuelto y huyan.
Aquiles le pide a Zeus dos cosas: que Patroclo salve a las naves griegas y que regrese a salvo. Zeus concede solo la primera. Patroclo rescata las naves, pero sobrepasa los límites y llega hasta las mismas murallas de Troya. Quien lo desarma primero es un dios, Apolo, que lo golpea por la espalda, le arranca el casco y le quiebra la lanza. Solo entonces un troyano lo hiere, y después Héctor le asesta el golpe definitivo. Patroclo marcha al combate vestido como Aquiles y muere en su lugar. La historia de esta muerte cuenta con un análisis propio: ¿Quién mató a Patroclo?.
Desisto de la ira: la rabia cambia de blanco
Cuando la noticia llega a su tienda, Aquiles se arroja al suelo, se cubre de ceniza y se arranca los cabellos. Su madre surge del mar para consolarlo y le advierte: si mata a Héctor, morirá poco después. Lo acepta de inmediato. Nótese el cambio: tras la embajada rechazó oro, tierras y a Briseida por amor a la vida; ahora entrega su vida sin vacilar. Ya no es por la gloria, es por venganza.
Hace las paces con Agamenón y, en el Canto XIX, declara que renuncia a la ira. Sin embargo, la cólera no se ha extinguido: solo cambió de blanco. La mênis se transforma en hýbris, el exceso desmedido. Lo que sigue muestra al Aquiles más temible del poema, descrito como un incendio forestal. Causa tantas muertes que el propio río Janto, atascado de cadáveres, se alza en protesta (Canto XXI).
Héctor huye: las tres vueltas
Los troyanos se refugian dentro de la ciudad; solo Héctor permanece afuera, frente a Aquiles, a pesar de las súplicas de su padre y de su madre. Y entonces huye. Da tres vueltas alrededor de las murallas corriendo delante de su enemigo, y muchos interpretan la escena como cobardía. Homero no oculta que siente miedo, pero sitúa un detalle elocuente en la ruta de la carrera: Héctor pasa junto a los lavaderos donde las mujeres lavaban la ropa en tiempos de paz. La escena más violenta del libro cruza el espacio de la vida cotidiana. Este es el detalle que examina el artículo Héctor huye de Aquiles: el detalle de las tres vueltas.
Héctor propone que el vencedor entregue el cuerpo del vencido para los ritos fúnebres. Aquiles se niega: entre hombres y leones no hay pactos (Canto XXII). Héctor cae, ruega que su cadáver no sea arrojado a los perros y Aquiles rechaza la súplica. Ata el cuerpo a su carro y lo arrastra ante la mirada de sus padres. Andrómaca, en su casa, prepara un baño caliente a la espera de su esposo. Durante doce días, cada mañana, Aquiles arrastra el cuerpo alrededor de la tumba de Patroclo. Venció, pero no logra detenerse. Quien lo condena no es un griego, sino un dios: Apolo afirma, en el Canto XXIV, que toda piedad ha muerto en el Pelida, es decir, en Aquiles, hijo de Peleo.
Príamo en la tienda: el fuego empieza a apagarse
Los dioses le ordenan al anciano que intente lo imposible. El rey Príamo sale al amparo de la noche, lleva tesoros para el rescate, entra en la tienda del enemigo, se arrodilla y besa las manos del hombre que mató a su hijo. Solo pide abrazar a su hijo una última vez. En el Canto XXIV dice que hace lo que ningún mortal ha hecho en la tierra: besar las manos que causaron la muerte de sus hijos.
Aquiles llora, y llora de un modo distinto a como lo hizo por Patroclo. Ve en el anciano a su propio padre, Peleo, quien jamás volverá a ver a su hijo, porque el destino que Aquiles eligió lo ata para siempre a Troya. Ambos lloran por razones diferentes: Príamo por su hijo, Aquiles por su padre y por su amigo. Es allí donde el fuego que parecía inextinguible empieza a apagarse. Aquiles devuelve el cuerpo y concede una tregua de once días para los funerales. El poema no termina con la caída de Troya. Concluye con un funeral, en el verso final del Canto XXIV (24.804): las honras fúnebres de Héctor, domador de caballos. La obra que se abre con la ira de un guerrero concluye con el entierro del enemigo. Este desenlace es el tema central de Por qué Aquiles llora ante Príamo y de Cómo termina la Ilíada.
La tesis: la rabia justa también destruye
Reunamos los elementos del recorrido: la rabia justificada de un hombre que pide a los dioses un castigo desproporcionado; la pregunta sobre el valor de una vida, respondida de dos maneras opuestas; una ira que muda de blanco y se convierte en desmesura; y una tienda donde el llanto compartido de dos hombres que lo perdieron todo logra apagar el fuego. Falta la parte que nos interpela directamente.
La Ilíada no enseña a reprimir toda cólera, porque Aquiles tenía razones para estar ofendido, y el poema reconoce esa justicia original. Lo que muestra es que la rabia que tiene razón, la ira justa, hiere también a quien no lo merece, porque la pasión desatada arrasa con cuanto encuentra a su paso. La victoria bélica no apagó la furia de Aquiles: la apagó el duelo del otro. De ahí se desprende una lección práctica: en el próximo conflicto, tal vez la pregunta decisiva no sea determinar quién tiene la razón, sino preguntarse qué está sufriendo la persona que se encuentra del otro lado. Aristóteles ya observaba, en la Retórica (libro II), que la ira encierra un placer dulce como la miel: cuando sabemos que nos equivocamos, la rabia se disipa; cuando estamos convencidos de tener razón, se atrinchera. Esa es la rabia que el poema somete a examen, y la ira de Aquiles constituye su retrato más acabado.
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¿De qué trata la Ilíada, de Homero?
Trata de la ira de Aquiles, y no de toda la guerra de Troya. El poema abarca solo las últimas semanas del último año del conflicto: Agamenón humilla a Aquiles, Aquiles se retira del combate, su amigo Patroclo muere en su lugar, Aquiles mata a Héctor y, al final, devuelve el cuerpo al padre del enemigo, el rey Príamo.
¿Cuál es el mensaje de la Ilíada?
Que la rabia que tiene razón también destruye. Aquiles tenía motivos para ofenderse, y aun así su ira costó la vida de quien más amaba y terminó cambiando de blanco sin cesar. El poema no enseña a no sentir rabia: muestra que la ira justa hiere incluso a quien no lo merece, y que solo el duelo ajeno la apaga.
¿Cuáles son los héroes principales de la Ilíada?
Aquiles, el mayor guerrero griego; Agamenón, el comandante de los griegos; Patroclo, el mejor amigo de Aquiles; Héctor, el mayor guerrero de Troya, hijo del rey Príamo; y el propio Príamo. Homero trata a ambos bandos con la misma atención: la escena más tierna del poema es la despedida de Héctor y Andrómaca, es decir, está dedicada a los troyanos.
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Clase de origen: Ilíada, de Homero